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viernes, 29 de abril de 2011

Violencia de género... humano

Javier Cámara
DIRECTOR
javierenriquecamara@gmail.com

Cuando se afirma que la no despenalización del aborto es violencia de género, lo que se busca es adosarle a la defensa de la vida toda la carga negativa con la que la sociedad, afortunadamente, percibe el maltrato a la mujer.

La ministra de la Corte Suprema de Justicia dela Nación, Carmen Argibay, pasó por Córdoba el pasado 19 de abril, para presentar un libro sobre derechos humanos, género y violencia. En el marco de esa visita, en declaraciones a la prensa, la magistrada que promueve la legalización del aborto, dijo que “no despenalizar el aborto también es un episodio de violencia de género”.
Según publica el diario La Voz del Interior, consultada al respecto, la jueza respondió: “Yo creo que (la no despenalización del aborto) sí (es un episodio de violencia de género), pero esa es mi opinión, que hay muchos que no la comparten. (La no despenalización del aborto) es un desprecio hacia la personalidad de la mujer, que es una forma de violencia porque es no permitirle tomar decisiones sobre cuál es la vida que quiere, directamente. Pero muchos no la interpretarán como violencia hacia la mujer, porque se sostiene que su función primordial es la de ser madre, lo cual es una barbaridad”. Luego agregó: “Yo creo que lo fundamental es ser mujer y que la maternidad es otra cosa. La cuestión es que muchos no lo entenderían así. Y es que hay un conflicto entre dos bienes jurídicos protegidos en esta materia, y hay que resolverlo de alguna manera”, dijo la jueza.
A priori, es necesario subrayar que el marco jurídico argentino que Argibay debe hacer cumplir, tiene resuelto ese conflicto entre los “dos bienes jurídicos” que ella plantea. La Constitución nacional, desde la reforma de 1994, en su artículo 75 inciso 23, prioriza la vida de la persona por nacer, a la que considera en situación de desamparo y, en consecuencia, establece que la vida es un valor jurídicamente superior a la mera voluntad de la madre y del padre. Además, el artículo 75 inciso 22, que otorga jerarquía constitucional a los tratados internacionales de derechos humanos, determina que, con rango superior a las leyes y actos administrativos, tenga supremacía el artículo 6 inciso 1° de la Convención sobre los derechos del niño, que establece: "Los estados partes reconocen que todo niño tiene el derecho intrínseco a la vida".
Aclarado ese punto, avanzamos en lo propio de esta reflexión, que es analizar el contenido y el objetivo de las expresiones de Argibay. Resulta necesario hacerlo porque se trata, en el fondo, de la vida de millones de personas. Hay que reiterarlo hasta el cansancio: se ha demostrado que la despenalización –o legalización- no hace más que multiplicar el número de abortos que se practican, a raíz del desprecio por el valor de la vida naciente que se establece en la cultura por el simple “valor pedagógico” de la ley. “Si es
legal es bueno”, se acepta, y el resultado es nefasto: sólo en Estados Unidos, desde 1973, cuando la Corte Suprema de ese país lo despenalizó, el aborto “legal” impidió que 60.800.000 personas nacieran, crecieran, se desarrollaran y ejercieran los derechos humanos que Argibay dice defender.
Con estos números podemos reformular el postulado de la magistrada: es el aborto, y no su despenalización, la verdadera “violencia de género”; pero de “género humano”, ya que su legalización le ha costado al mundo la eliminación de toda una “generación” de personas, mujeres y varones, varones y mujeres.

Perspectiva de género y objetivos de Argibay

En la puja abortista, la cuestión discursiva sigue siendo estratégica para el debate político, y es necesario ponerla en evidencia. En este caso, Argibay apela a la “perspectiva de género”, una categoría posmoderna de análisis de la realidad social y política, de contornos difusos y ambiguos, que considera que lo femenino y lo masculino son dimensiones de origen cultural, y que desconoce la relevancia del dato biológico.
Esta perspectiva pretende discernir y denunciar los “condicionamientos culturales” que oprimen a la mujer y, a su vez, promueve iniciativas para liberarla de esos condicionamientos.
En este sentido, la “violencia de género” abarca todos los actos mediante los cuales se discrimina, ignora, somete y subordina a las mujeres en los diferentes aspectos de su existencia. “Es todo ataque material y simbólico que afecta su libertad, dignidad, seguridad, intimidad e integridad moral y/o física”, dice la Convención de Belem do Pará (2004).
El problema es que para los promotores de esta perspectiva, la maternidad, por ejemplo, puede ser asumida como uno de estos “ataques simbólicos” a la libertad femenina. Y, en consecuencia, los que no reconocen
el derecho de las mujeres a evitarla de cualquier modo, se transforman en violentos maltratadores.
Cuando Argibay y los voceros de las multinacionales de la muerte proclaman que la no despenalización del aborto “es violencia de genéro”, lo que buscan es adhosarle a la protección de la vida naciente toda la
carga negativa con la que, afortunadamente cada vez más, la sociedad percibe la violencia hacia la mujer.
El objetivo es que la cultura mediatizada termine equiparando a todas aquellas personas que se oponen a la despenalización del aborto, con la defensa de un machismo anacrónico, o directamente con la perversa actitud de los delincuentes que agreden y maltratan a las mujeres. En fin, otra perversidad.

martes, 5 de abril de 2011

El reclamo de “modernización”

Javier Cámara
Director


No hay mal que por bien no venga”, dice el refrán popular que confirma que los hombres, a lo largo de la historia, siempre han sabido obtener resultados positivos de experiencias negativas.

En el fondo, además, este dicho tiene mucho de sabiduría cristiana, de esa que nos enseña que todo lo que acontece es, al fin y al cabo, para nuestro bien. Si Dios, que nos ama con un amor infinito, quiere que suceda tal o cual cosa, o permite que suceda tal otra, seguramente será para nuestra salvación. Porque en la vida de la gracia, la revelación de Jesús nos dice que ya no hay -o no debería haber- para el cristiano una experiencia de “destino” en su historia, sino, más bien, de Providencia, de “Providencia” divina, de amor de Dios. En todo lo que nos ocurre, incluso en aquello que nos pueda parecer bueno, malo o tremendamente trágico, está el Señor esperándonos, sosteniéndonos, acariciándonos. Entonces, en la confianza de sabernos amados por el Señor de la historia, no preguntamos ya “por qué” pasa esto o aquello, sino “para qué” sucede lo que sucede.
Esta larga introducción tiene también un “para qué”. Y está orientado a que descubramos lo “positivo” de las experiencias dolorosas de divisiones y enfrentamientos que se suelen dar en la Iglesia. ¿Para qué estas “disputas” entre los que nos reconocemos hijos de un mismo Padre? ¿Para qué esta experiencia dolorosa de división?
Una de las respuestas es que, con estas diferencias, se puede generar un examen de conciencia personal y también comunitario en el pueblo de Dios que, en oración, permita ver con más claridad lo que el Señor pide para que seamos, efectivamente, más “cristianos”. ¿Qué nos hace más cristianos? ¿Qué puede hacer “más cristiana” a la Iglesia católica? Veamos. Uno de los planteos que se le formuló a la Iglesia “tradicional” (utilizamos aquí el término “tradicional” para identificar a los católicos que coinciden plenamente con la Tradición y con el Magisterio de la Iglesia) durante los debates públicos por el caso del padre Alessio y por la polémica en el nombramiento de un nuevo párroco en “La Cripta”, es el que reclama, entre otras cosas, la necesidad de “modernización”, de “apertura”.
Cada vez que en un medio de comunicación se plantean temas referidos a la enseñanza moral de la Iglesia (el caso Alessio y su defensa de la equiparación de las uniones entre personas del mismo sexo con el matrimonio, sirve como ejemplo) llueven los reclamos de apertura, de “adaptación al mundo de hoy”, de “agiornamiento” de las “viejas estructuras”, y también las críticas a las prácticas “tradicionales”, “medievales”, “anacrónicas”, “verticalistas”, “oscurantistas”, “sacramentalistas”, etcétera, como la autoridad del Papa y de la jerarquía eclesial, el celibato, el matrimonio, la defensa de la vida desde la concepción y hasta la muerte natural, etcétera.
Para fundamentar estos reclamos, que muchas veces surgen también de personas que nunca tuvieron fe, se apela al concepto muy cristiano, muy católico y muy evangélico de que el camino de Dios es el hombre, que no se puede amar a Dios, a quien no se ve, si no se ama a los hermanos con quienes se convive hoy, en esta cultura nueva con fenómenos nuevos, diversos y plurales. Suena agradable esta afirmación. Pero no dice todo lo que es necesario decir. Porque el concepto de “modernidad”, el concepto de “hombre moderno” como su horizonte y criterio, responden a una visión parcial de la persona alentada por la filosofía moderna y sus particulares instrumentos hermeneúticos (de interpretación) de la realidad.
Es muchas veces desde esa visión parcial de la persona que se le reclama a la Iglesia que sólo diga y enseñe lo que ese hombre moderno puede entender y asimilar. Sólo eso debería predicar la Iglesia, lo demás, por más santo que sea, debería ser excluido de la enseñanza de la Iglesia porque al hombre “moderno” le parece un mito, un “cuento”, una leyenda del pasado. Es lo que sostiene, por ejemplo, Hans Urs Von Balthasar, uno de los más eminentes teólogos del siglo 20, fallecido en 1988, al que nadie razonable tildaría de anacrónico o de reaccionario. Entre sus antecedentes figuran, incluso, algunas amonestaciones de la Jerarquía por su temprana prédica a favor de que la Iglesia “no puede aparecer en el mundo moderno como una enemiga del mismo o una fortaleza cerrada, sino que su vocación trascendente tiene que llevarla a una apertura, asimilando los nuevos sistemas y dejándose interperlar para renovar los tesoros olvidados o aún no descubiertos que contiene el depósito de la fe”. Escribió Von Balthasar respecto del reclamo de “modernización”: “La Iglesia, se dice, debe estar al día para tener credibilidad. Si esto se toma en serio, significa que Cristo estaba al día cuando llevó a cabo su misión, una misión que fue escándalo y necedad para judíos y paganos, y que lo llevó a morir en la cruz (...). Pero Cristo nunca fue moderno, ni lo será, Dios mediante. Ni él ni sus discípulos Pablo y Juan pronunciaron una sola palabra para seguir la corriente política o gnóstica. La consecuencia obvia es que todos nuestros movimientos deben ir encaminados a erradicar los falsos escándalos, los escándalos no cristianos, para dar paso al verdadero escándalo, consistente en la misión de la Iglesia”.